Recuerdo muy bien esos días. Recuerdo lo nervioso que estaba, cómo la noche anterior no podía dejar de pensar en lo que pasaría, en qué te diría cuando te viera.
Recuerdo el momento en que llegaste. Alguien tan hermosa… te veías tan nerviosa como yo. Al principio fue difícil hablar; no sabíamos qué decir, pero conforme avanzaba el día nos fuimos soltando cada vez más. Y entonces pensé: ¿cómo puedo llevarme tan bien contigo? Era una sensación hermosa la que sentía al estar a tu lado.
En la primera aún nos estábamos conociendo, compartiendo nuestros gustos y descubriendo quiénes éramos. Cada palabra abría algo nuevo, cada momento se sentía ligero y lleno de ilusión.
El día ya había terminado y ninguno de los dos quería que acabara. Queríamos quedarnos un poco más, alargar el tiempo juntos. En aquella primera cita tomé tus hermosas manos y me quedé admirándolas, como si quisiera guardar ese momento para siempre.
En la primera estaba tan feliz por verte; en la última estaba tan triste. En la primera no podía dejar de sonreír; en la última sonreía para que no notaras mi tristeza, pero como siempre, te dabas cuenta…
En la última ya no hablábamos de conocernos, sino de despedirnos con cariño. Nos decíamos: “Deseo que cumplas todo eso que alguna vez me dijiste”. Y en silencio también deseaba que, donde estés, seas muy feliz, y que encuentres a alguien que te ame muchísimo… incluso más de lo que yo lo hice.
Te miré y tomé tu mano. Fue un momento corto, pero para mí fue un instante donde el tiempo se detenía…
Tu mano entre la mía, deslizándose lentamente… Y luego, ya no estás.