Hay días en los que todo parece estar bien,
puedo sonreír, sentirme en calma, incluso feliz.
Pero de repente, sin aviso, algo cambia…
y me hundo.
No sé por qué pasa,
no hay una razón clara,
solo aparece ese peso en el pecho
y mi mente empieza a girar en círculos,
pensando de más,
rompiéndome solo.
Esos días los odio,
porque me convierto en mi peor enemigo,
me saboteo, me pierdo,
y no sé cómo salir.
A veces siento que soy una molestia,
y por eso digo “perdón”,
aunque ni yo entienda por qué.
Pero también sé algo…
que como han llegado esos días,
también se van.
Y tal vez mañana
vuelva a estar “normal”.
O al menos…
un poco más en paz.